A mi tío memo

Esos meses fueron tristes. Tristes como sólo puede serlo la muerte. Estremecedores y fríos. Envenenados.
Ya lo habíamos vivido juntos una vez, pero entonces no nos habíamos apegado tanto. No éramos familia todavía. Hace tres años, sí. Había lazos, fiestas, encuentros, abrazos. Y en esos meses fuimos más. Se regó pisco sour casi todas las noches. Se durmió en el sillón, se cocinó pan y queques. Se respiró la partida, se nos quebró la voz.
No tengo mucha idea filosófica de cómo se extinguió. Un día estaba bailando y otro ya no. Y a mí que tanto me gustaba mirarlo. A todos que tanto nos alegraba la vida cuando se llovía todo de salsa y se desparramaban los pies haciéndole honores como en la tierra del exilio. Tanto que se enojaba y tanto que se alegraba. Tantos coños que disparaba. Tantos cariños que me hacía como si me hubiese cargado de niña.
¿Nos faltó o nos sobró? ¿Habrá sido suficiente? Otra vez, no sé. Pero da pena igual. No porque quedaran pendientes, sino porque hace falta. Y uno lo percibe como cuando la comida no tiene sal.

No hay comentarios: